La naturaleza puede ser vista como cruel, indiferente o incluso malvada, dependiendo de la lente con la que la miremos.
Esta pequeña oruga nunca se convertirá en mariposa. No construirá un capullo, no emergerá con alas nuevas, no volará entre las flores ni buscará pareja. Su destino es ser un vehículo, un zombi, usado y finalmente descartado cuando ya no sea útil. ¿Podemos llamar a esto malvado? Sí, si lo deseamos. Sin duda, podemos llamarlo cruel. Pero quizás no sea ninguna de esas cosas. Tal vez no sea más que el funcionamiento natural del mundo, una realidad tan brutal como fascinante.
La avispa no siente culpa. La oruga no experimenta pena. No hay moralidad en su relación, solo supervivencia y estrategia. Es un pequeño drama sórdido, pero es la naturaleza en su estado más puro: brutal, hermosa y, en ocasiones, asquerosamente maravillosa.
¿Qué significa “malvado” en la naturaleza?
Cuando los humanos observamos estos fenómenos, proyectamos nuestra moralidad sobre ellos. Nos horrorizamos ante el sufrimiento, nos indignamos ante la injusticia, y nos preguntamos si el mundo es intrínsecamente malvado. Pero la naturaleza no conoce la maldad ni la bondad. No juzga, no elige, no siente remordimiento. Simplemente es. La vida hace lo que la vida hace: lucha por sobrevivir, se reproduce, se adapta y, a veces, utiliza a otros seres para asegurar su continuidad.
La avispa no tiene un concepto del mal, y la oruga no se lamenta de su destino. No hay fe ni desesperación, solo instinto y biología. Nosotros, los humanos, somos quienes atribuimos significado a estos actos. Nos engañamos pensando que nuestra capacidad de sentir compasión nos hace mejores, pero en realidad, solo nos hace diferentes.
La naturaleza: indiferente y fascinante
La naturaleza puede ser vista como cruel, indiferente o incluso malvada, dependiendo de la lente con la que la miremos. Pero también es increíblemente hermosa, compleja y misteriosa. En su indiferencia, permite la existencia de una diversidad asombrosa, de relaciones simbióticas, de estrategias de supervivencia que desafían la imaginación.
Tal vez la vida simplemente hace lo que la vida hace, sin preocuparse por la belleza o la fealdad, la bondad o la maldad. Hasta que el sol, algún día lejano, se tragará todo lo que queda en este mundo flotante en el universo. Hasta entonces, solo nos queda observar, reflexionar y, a veces, maravillarnos ante la brutalidad y la maravilla de la existencia.
La naturaleza no es ni buena ni mala. Es indiferente, brutal y, al mismo tiempo, asombrosamente hermosa. Y en esa dualidad reside parte de su misterio y su poder.
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