Tres hombres —un filósofo, un matemático y un idiota— viajaban en un coche cuando se estrellaron de frente contra un árbol.
El Diablo se adelantó y los detuvo con una sonrisa gélida:
—Caballeros, el Cielo está saturado. San Pedro ha aceptado que yo realice un pequeño filtro. Si alguno de ustedes me hace una pregunta que no pueda responder o me pide algo que no pueda cumplir, entrará al Cielo. Si fallo, el Paraíso es suyo; si acierto, me acompañarán al Infierno.
El primer intento
El filósofo, confiado en su intelecto, dio un paso al frente:
—Muy bien. Entrégame el tratado más profundo, exacto y completo sobre las enseñanzas perdidas de Sócrates.
El Diablo chasqueó los dedos y, al instante, apareció una montaña de pergaminos. El filósofo los examinó con asombro durante horas y, finalmente, admitió con resignación que el contenido era impecable.
—¡Al Infierno! —sentenció el Diablo, y con un nuevo chasquido, el filósofo se esfumó.
El segundo intento
El matemático, esperando superar al demonio con lógica pura, desafió:
—¡Muéstrame la fórmula más compleja jamás teorizada en el tejido del espacio-tiempo!
De nuevo, un chasquido. Apareció una pizarra infinita repleta de variables y cálculos que desafiaban la física conocida. El matemático la revisó meticulosamente y, a regañadientes, aceptó que era correcta.
—¡Tú también al Infierno! —exclamó el Diablo, y el matemático desapareció en una nube de azufre.
El triunfo del idiota
Finalmente, el idiota se acercó con calma y dijo:
—Tráeme una silla de madera.
El Diablo, extrañado pero complacido por la sencillez del pedido, hizo aparecer la silla.
—Ahora —continuó el idiota—, hazle siete agujeros al asiento.
El Diablo cumplió el capricho al instante. Entonces, el idiota se sentó, se relajó y soltó una flatulencia estruendosa que resonó en todas las nubes. Se puso de pie y, señalando la silla, preguntó:
—¿Por cuál de esos siete agujeros salió mi pedo?
El Diablo se inclinó, inspeccionó cuidadosamente los orificios y respondió con seguridad:
—Fácil. Salió por el tercer agujero de la derecha.
El idiota soltó una carcajada y dijo:
—Te equivocas... ¡Salió de mi c**o!
Y así, el idiota cruzó las puertas del Cielo mientras el Diablo se quedaba mudo por primera vez en la eternidad.
Moraleja: Por mucha cultura o intelecto que poseas, la astucia práctica y el sentido común suelen llegar más lejos que cualquier teoría académica. Ver Las 20 leyes de la astucia
Y tú, ¿qué
opinas? Puedes dejar tus comentarios más abajo.
Te invito cordialmente a compartir esto
con todos tus amigos. Tu apoyo significa mucho. ¡Gracias de antemano!

Comentarios
Publicar un comentario