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La tentación del misterio


El deseo de saber, y también el miedo a saber, pueden explicar la atracción que el misterio ejerce sobre nosotros.


"Nos hace leer y nos hace vivir. Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio”, escribe en un poema Luis Cernuda.

La tentación del misterio
La tentación del misterio
El misterio empieza atrayéndonos por el sonido mismo de la palabra, que ya parece contener una oscuridad invitadora y también el hermetismo de una puerta cerrada que no sabremos cómo abrir.

Originariamente, en su etimología griega, misterio alude no a lo que no se conoce, sino a aquello que debería mantenerse oculto: según la gran Enciclopedia Espasa, que contiene muchos misterios y hasta laberintos y mundos en sus más de cien volúmenes, myein, en griego, significa “cerrar la boca”, que era lo que hacían los iniciados en los cultos secretos, en los rituales óficos o dionisíacos que debían mantenerse rigurosamente escondidos para los extraños.

Para quienes fuimos educados en el sombrío catolicismo franquista, un misterio era algo que no podía ser comprendido por la razón, sino exclusivamente con los ojos cerrados y fervientes de la fe: el más oscuro de todos, el misterio de la Santísima Trinidad. Dios era Uno, y sin embargo, al mismo tiempo, era Trino, y esa palabra tan rara volvía el enigma más insoluble todavía. Que siendo Uno, con mayúsculas, Dios fuera tres Personas, no había mente que pudiera comprenderlo, no ya las nuestras, distraídas e infantiles, sino tampoco, nos decían, las de los más sabios padres de la Iglesia, así que lo más prudente era resignarse al estupor y aceptar que ese misterio, como tantos otros, lo comprenderíamos en el Reino de los Cielos, cuando nos encontráramos, por así decirlo, con la Santísima Trinidad en pleno: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La tentación del misterio
La tentación del misterio

El imán infalible de la palabra “misterio” 


La división con decimales o la raíz cuadrada también eran cosas muy difíciles, pero no misterios, porque, aunque al principio pareciera imposible, no nos haría falta llegar al otro mundo para comprenderlas. Los mejores misterios, en cualquier caso, no estaban en la escuela ni en la iglesia, sino en las películas y en aquellas novelas que con frecuencia ya incluían en el título el imán infalible de esa palabra: “El misterio del cuarto amarillo”, “Los misterios de París”, “La isla misteriosa”.... El misterio nombraba el deseo de saber y también el miedo a saber, la incertidumbre absoluta y la maravilla de una revelación inminente. En las novelas y en las películas había héroes, detectives audaces, que ejercitaban su inteligencia para descifrar el enigma de un crimen o que se aventuraban por corredores a oscuras hasta averiguar lo que a nosotros y a ellos más nos inquietaba, pero también había historias en las que se advertía con severidad del castigo que aguardaba a veces a quien se empeña en saber lo que no debe, empezando por Adán y Eva, que fueron expulsados del Paraíso por probar la fruta del árbol del conocimiento. En los cuentos, una niña, parienta lejana de la mujer de Barbazul, empujaba la puerta de una habitación prohibida, y al hacerlo descubría un atroz panorama de sangre y cabezas cortadas y se condenaba a sí misma a compartir el destino de las víctimas que la precedieron en su curiosidad suicida. Para San Agustín, la curiosidad excesiva era un pecado grave...
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Anibal encerrado y cómo crear un misterio

En la segunda Guerra Púnica (219-202 a.C.) el gran general cartaginés Aníbal arrasaba con todo en su marcha sobre Roma. Aníbal era conocido por su sagacidad y su ambigüedad.



Anibal encerrado y cómo crear un misterio
Anibal encerrado y cómo crear un misterio

Bajo su liderazgo, el ejército de Cartago, aun cuando era menos numeroso que el de los romanos, siempre lograba superarlos. Sin embargo, en cierta ocasión, los exploradores de Aníbal cometieron un terrible error, al conducir a sus tropas hacia un terreno pantanoso, con el mar a sus espaldas. El ejército romano bloqueó los pasos de montaña que conducían al interior del país. Fabio,  el general romano, estaba exultante, pues por fin había logrado atrapar a Aníbal. Apostó a sus mejores centinelas en los pasos y elaboró un plan para destruir las fuerzas del cartaginés; pero en medio de la noche los centinelas vieron un espectáculo misterioso: una enorme procesión de luces subía por la montaña. Eran miles y miles de luces. Si aquello era el ejército de Aníbal, parecía como si de pronto se hubiera centuplicado.

Los centinelas discutieron acaloradamente acerca del significado de aquello: ¿El ejército cartaginés había recibido refuerzos por vía marítima? ¿Había tropas ocultas en la zona? ¿Eran fantasmas? Ninguna explicación parecía tener sentido.

De pronto, mientras los centinelas romanos observaban, la montaña se cubrió de fogatas, al tiempo que un horrendo ruido, como el resonar de millones de cuernos, les llegaba desde el valle. Convencidos de que se trataba de demonios, los centinelas, los más bravos y prudentes del ejército romano, huyeron aterrados, abandonando sus posiciones.

Al día siguiente, Aníbal había logrado escapar de los pantanos. ¿Cuál había sido su estratagema? Lo que hizo fue ordenar que ataran manojos de ramas secas a los cuernos de los miles de bueyes que viajaban con sus tropas como animales de carga y les prendieran fuego, para dar la impresión de miles de antorchas llevadas por un enorme ejército que subía por la montaña. Cuando las llamas tocaron la piel de los bueyes, éstos se dispersaron en todas direcciones, mugiendo aterrados e incendiando toda la ladera. La clave del éxito no residió en las antorchas ni en las fogatas ni el los ruidos, sino en el hecho de que Aníbal creó un enigma que cautivó la atención de los centinelas y fue aterrándolos poco a poco. Desde la cima de la montaña no había forma de explicar el extraño y sorprendente espectáculo. Si los centinelas hubiesen conocido la explicación, habrían permanecido en sus puestos.

Cuando usted se sienta atrapado o acorralado en una situación, o en una actitud defensiva, ensaye algo muy simple: haga algo que los demás no puedan explicar o interpretar con facilidad. Elija algo simple pero llévelo a cabo de forma tal que desconcierte a su contrincante y que pueda interpretarse de varias maneras diferentes, lo cual disimulará sus verdaderas intenciones.

Si no se manifiesta de inmediato, generará expectativas... Incluya una cuota de misterio en todos sus actos, y ese misterio generará veneración. Y cuando explique, no sea demasiado explícito; de esta manera imitará el accionar divino, al hacer que los hombres duden y permanezcan a la expectativa. Baltasar Gracián

Fuente:
Las 48 leyes del Poder. Robert Greene

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