¿Te has preguntado qué está pasando realmente en el frente de Ucrania? Aunque parezca que la situación no se mueve, la realidad es mucho más dinámica y compleja de lo que muestran los titulares.
Actualmente, la guerra atraviesa una fase de desgaste brutal. Aunque se habla de estancamiento, el mando ucraniano asegura que una cuarta parte de sus movimientos actuales son ofensivos. Imagina una línea de fuego activa de 1.200 kilómetros, con una zona de combate directo que se extiende hasta 20 kilómetros de profundidad. Rusia mantiene unos 700.000 soldados en territorio invadido, pero se enfrenta a un problema matemático crítico: el ritmo al que pierden efectivos ya supera su capacidad para reemplazarlos con tropas nuevas. Ver Maquiavelo y sus excelentes discípulos
Uno de los golpes más contundentes de los últimos días ha sido tecnológico. Se ha logrado bloquear la conectividad de unas 550.000 unidades de Starlink que Rusia utilizaba de forma ilegal (obtenidas mediante importaciones grises desde lugares como Emiratos Árabes Unidos). Esto ha dejado a sus drones y sistemas de ataque prácticamente a ciegas, perdiendo una capacidad de coordinación fundamental. Mientras tanto, las unidades registradas por Ucrania siguen operando sin problemas, lo que les da una ventaja táctica inmediata que no han tardado en aprovechar.
En el aire, la balanza también está cambiando. El mes pasado, los misiles de crucero "Flamingo", de fabricación ucraniana, lograron alcanzar con éxito las plataformas de lanzamiento en la región rusa de Orenburg. Además, esta semana Ucrania ha anunciado el despliegue de sus propios misiles balísticos, capaces de llegar a puntos estratégicos como Moscú o San Petersburgo.
Por su parte, Putin sigue apostando por una táctica de terror psicológico: atacar centrales eléctricas para dejar a las ciudades sin luz ni calefacción en pleno invierno. Su intención es provocar que la población civil se rinda por desesperación, pero el efecto está siendo el contrario, alimentando un rechazo profundo hacia el invasor.
Militarmente, Rusia sabe que tomar la zona fortificada del Donbás le costaría años y cerca de 800.000 bajas más. Al no poder ganar en el campo de batalla, Putin recurre a bombardear hospitales, centros comerciales y zonas residenciales. A pesar de que la economía rusa empieza a dar señales de colapso y el gobierno se queda sin fondos para rescatar a sus grandes empresas, el Kremlin sigue enviando recursos y vidas humanas a un conflicto que parece imposible de ganar, bajo la premisa de que "todo va según lo previsto". Ver El fascinante arte de la estrategia
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