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La ingratitud que sufrió el Gran Capitán

Aunque todos te digan que te socorrerán cuando tengas necesidad, muchos de los que se ofrecen a luchar por ti, serán después los primeros que te arrojarán las piedras, te dejarán abandonado y aún harán leña del árbol caído y saquearán los restos del naufragio


Como cita Maquiavelo, “se puede decir de los hombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan lo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia; y mientras les haces favores son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida y los hijos cuando la necesidad está lejos; pero cuando ésta se te viene encima vuelven la cara. Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.”

Y no esperes que tu patrón sea agradecido por los servicios que le prestes, ya que habrá quien le envenene los oídos y le nuble la vista para que dude de tu lealtad y de tus nobles intenciones. Recuerda que el Cid Campeador sufrió la ingratitud de su Rey Alfonso VI de Castilla por las infamias que a sus espaldas le hacían los cortesanos que nunca habían pisado un campo de batalla ni participado en ningún combate. Qué lástima de vasallo si oviera buen sennor. No caigas tú en ese error y ten la certeza de que cada triunfo tuyo aumentará las envidias de otros cortesanos haciendo que tu patrón desconfíe de ti.

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, se instaló como gobernador absoluto del reino de Nápoles. Como gobernó con justicia y severidad agraviando a muchos nobles resentidos, estos cortesanos fueron a España a presentar quejas y agravios infundados al rey Fernando. Así, mediante murmuraciones e infamias, esperaban recobrar las prebendas perdidas. Y como el monarca recelaba de todos los que cercanos a él destacaban, se volvió susceptible a las acusaciones de que Gonzalo derrochaba el dinero. A lo que éste respondió con las famosas cuentas que siguen:

“Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.
Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.
Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.”

Después de este curioso balance de cuentas, nunca más este Gran Capitán volvió a ejercer como tal en ninguna batalla, pasando sus últimos años retirado en su hacienda y desengañado por la ingratitud de su Señor que elevaba a la gloria real a otros capitanes mucho menos capaces en el oficio de las armas.

Y si aún no te valen todos estos ejemplos, recuerda que Aníbal, Escipión, Berengario, Germánico, César, Pompeyo, Sertorio y muchos otros grandes capitanes de Roma y Cartago acabaron su vida amargados y olvidados por su patrón, cuando no asesinados por el temor que despertaban en otros cortesanos o en su mismo Señor

Fuente: Manual de Cortesanos
http://www.elartedelaestrategia.com/manual_y_espejo_de_cortesanos.html

Comentarios

  1. Ya ves...Se intenta ganar indulgencias con escapulario ajeno...Ya sabes.

    Saludos Carolus

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    Respuestas
    1. Algo que vemos todos los días, Manuel

      Un saludo

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  2. La ingratitud humana.
    Debe ser horrible sentirse uno un "clínex".
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Pues alguna vez nos ha ocurrido o nos ha de ocurrir, Cayetano

      Un saludo

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