7 de octubre de 2011

La estrategia del elogio

Por lo común sólo se elogia para ser elogiado. A nadie nos gusta elogiar, y no elogiarás nunca a nadie si no es por interés.

Elogio cortesano. Como en todo, no hay que pasarse, pues
la virtud exagerada se acaba tornando en defecto
El elogio es una adulación hábil, oculta y delicada que satisface de modo distinto a quien lo dispensa y a quien lo recibe: el uno lo juzga recompensa de su mérito; el otro elogia para que se advierta su equidad y su discernimiento, nada hay más halagador para aquellos con quien converses que adviertan que les apruebas e imitas. Advierte que hay reproches que alaban y elogios que vituperan, y que el que rechaza elogios oculta el deseo de ser elogiado dos veces.

Una fina treta cortesana: a menudo tendrás que usar lisonjas envenenadas que manifestarán tu rechazo en aquellos a quienes lisonjees mostrando defectos que no te atreverás a descubrir de otra manera. Decía Talleyrand sobre Napoleón que era una lástima que una persona con tan grandes cualidades tuviera tan malos modales. Buen ejemplo de veneno disuelto en miel.

Los seres humanos, nacidos para vivir en sociedad, nacieron también para agradarse unos a otros. Así que si alguno no observara las reglas urbanidad ofendería a todos los de su alrededor y se desacreditaría hasta el punto de que se vería incapacitado para hacer ningún bien. Pero la urbanidad no nace de ideas tan bellas, sino del afán de distinguirse. Somos educados por orgullo y nos sentimos halagados porque tenemos modales que prueban que no somos salvajes.

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