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Expectativas sobre la vida

Cuentan que cuando los jóvenes monjes ingresaban al monasterio, les preguntaban qué esperaban de aquello.


Tres jóvenes, que habían coincidido en el camino, empezaron su formación el primer día con el maestro más veterano.


El maestro les preguntó:

- ¿Qué esperáis de la vida?.

El primer joven respondió que siempre había admirado a los maestros, pues personas de todo el mundo recorrían miles de kilómetros para encontrarse con ellos y que les diesen consejo.  "Me gustaría ser un  gran maestro, famoso en regiones y comarcas", recalcó.

Expectativas sobre la vida
Expectativas sobre la vida
El segundo de ellos contestó que provenía de una familia muy humilde donde apenas les llegaba el sustento. " Quiero ser un gran maestro para tener dinero suficiente para ayudar a familiares, amigos y conocidos con mis riquezas", concluyó.

El tercer joven comentó que había oído cómo los mejores maestros tenían poderes extraordinarios. " Me gustaría llegar a tener un gran poder".

Al cabo del tiempo, cuando llevaban muchos años de aprendizaje, el maestro les volvió realizar la misma pregunta.

El primer monje contestó que le gustaría hacer un trabajo bien hecho.

El segundo monje transmitió que le gustaría ayudar a cada persona a proveerse su propio sustento.

El tercer monje reflexionó cómo le gustaría ser capaz de no utilizar los poderes que había desarrollado.

Mientras veían llegar a nuevos aprendices, cavilaban en cómo habían evolucionado, cada uno, con sus propias expectativas. Fue entonces cuando uno de ellos le preguntó al maestro:

-Maestro, ¿y tú qué esperas de la vida?

-Lo que suceda.



El valor

-“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa, que no tengo fuerzas para hacer nada.


Todos me dicen que soy una calamidad, que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy bastante tonto… ¿Cómo puedo mejorar?…¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”


El maestro, sin mirarle le dijo:

– “!Cuánto lo siento, pequeño saltamontes!. No puedo ayudarte, porque debo resolver primero mi propio problema. Si quisieras ayudarme tú a mí, podría resolver el tema con más rapidez y luego, tal vez te pudiera ayudar.”.

– “Encantado”– titubeó el muchacho, aunque una vez más sintió que volvía a ser desvalorizado y vio sus necesidades otra vez postergadas.

El valor
El valor
– “Bien”, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique izquierdo y dándoselo al chico, agregó:

– “Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debes vender este anillo y trata de obtener por él la mayor suma posible, pero nunca aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas”

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con cierto interés, hasta que decía el precio que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, unos se reían, otros daban media vuelta hasta que un viejito le explicó que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio del anillo.

Después de ofrecer la joya a más de cien personas y abatido por su fracaso, montó en el caballo y regresó. Entró en la habitación y dijo:

– Maestro lo siento… no pude conseguir lo que me pediste. Tal vez podría conseguir dos o tres monedas de plata, aunque no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo”.

– “!Qué importante lo que dijiste, pequeño saltamontes!”- contestó sonriente el maestro. “Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto daría por él. A pesar de todo lo que te ofrezca, nunca se lo vendas. Regresa aquí de nuevo con el anillo”.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo. Lo miró con lupa, lo pesó y luego le dijo:

– “Dile al maestro, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro”.

– ¿58 monedas??? Exclamó el joven.

– “Sí”- replicó el joyero- Sé que con el tiempo, podríamos obtener hasta 70, pero nunca si la venta es urgente.

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

– “Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya valiosa y única y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida, pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?.

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

Moraleja: A veces, evaluamos a la ligera tanto a las personas como a las cosas. A veces lo hacemos sin conocimiento de causa, creyendo conocer todo. A veces esperamos un regalo envuelto de una manera especial y al no recibirlo de esa forma, lo rechazamos mirando sólo el envoltorio y no vemos el valor del contenido. A veces, sólo a veces, respondemos con habilidad.



El rey y el halcón

El rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara.


Pasados unos meses, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que al otro no sabía lo que le sucedía: no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí.

El rey y el halcón
El rey y el halcón 

El rey mandó llamar curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al ave.


Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro continuaba inmóvil.

Publicó por fin un bando entre sus súbditos, y, a la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los jardines.

Traedme al autor de ese milagro, dijo.

Enseguida le presentaron a un campesino ¿Tú hiciste volar al halcón?

¿Cómo lo hiciste?

¿Eres mago, acaso?

Entre feliz e intimidado, el hombrecito solo explicó: No fue difícil, Su Alteza: sólo corté la rama.

“El pájaro se dio cuenta que tenía alas y se largó a volar”



El maestro samurai y el moscardón

El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.


El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.


La fama de este maestro samurai era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.

El maestro samurai y el moscardón
El maestro samurai y el moscardón

El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.

Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.

En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.

Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar  un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.

El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.

El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...

El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez  del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.

El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.

Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.

El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:

 - Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.

 - ¿Por que lo dices? - contesto el primogénito.

 - Porque al lanzar ese tajo al moscardón no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.

El otro hombre sonrió.

 - Cierto, ha escapado vivo. Pero no te equivoques... ya no podrá tener descendencia...


Sabiduría sobre dos hombres y una chimenea

-Maestro - preguntó un hombre - quiero aprender de tu sabiduría. Me gustaría poder tomar la decisión adecuada en cada momento. ¿Qué debo hacer? ¿Por donde debo empezar?


Sabiduría sobre dos hombres y una chimenea
Sabiduría sobre dos hombres y una chimenea

En lugar de contestar, el sabio le formuló una pregunta:


- De una chimenea salen dos hombres. Uno con la cara tiznada y el otro con la cara limpia, ¿cuál de los dos irá a lavarse?


- Es evidente -dijo el hombre, sin pensarlo demasiado- que se lava la cara el que la tiene sucia.

- ¡En absoluto! –dijo, entonces, el sabio. ¡El que está limpio! Pues, éste, al ver al compañero sucio enfrente de él, se dice: “Ya que está sucio, yo también debo estarlo. Por lo tanto, tengo necesidad de ir a lavarme”. Mientras que el que está sucio, al ver a su compañero limpio, se dice: “Puesto que él está limpio, yo también debo estarlo. Por tanto no es necesario que vaya a lavarme”.

No siempre lo evidente acerca a la actitud adecuada. Ve a casa y piensa, vas camino de la sabiduría.


El hombre se fue y regresó a los quince días. Entonces le dijo al sabio:

- ¡Qué estúpido fui! Tenías razón. El que se lava la cara es el que la tiene limpia.

- En absoluto –contestó el sabio. ¡El que está sucio! Pues éste, al ver sus manos llenas de hollín, se dice: “¡Estoy sucio! Tengo que ir a lavarme”. Mientras que el que está limpio, al ver sus manos limpias, se dice: “Como no estoy sucio no tengo necesidad de lavarme...”.

La inteligencia y la lógica no siempre pueden darte una evaluación sensata de una situación, no son suficientes para alcanzar la sabiduría. Sigue pensando.


El hombre regresó a su casa y pasados quince días volvió:

- ¡Ya sé, maestro! Los dos se lavan la cara. El que tiene la cara limpia, al ver que el otro la tiene sucia, cree que la suya está sucia y se lava; y el que la tiene sucia, al ver que el otro se lava la cara después de verlo, comprende que la tiene sucia y también se la lava.

El sabio hizo una pausa y luego añadió:

-No siempre la analogía y la similitud te servirán para llegar a la evaluación correcta si no es de una manera fortuita.

-No entiendo –dijo, desalentado, el hombre.

El sabio lo miró atentamente y le dijo:

-¿Cómo puede ser que dos hombres bajen por la misma chimenea y uno salga con la cara sucia y el otro con la cara limpia? Los dos, forzosamente, tienen que tener la cara sucia.

Cuando un problema está mal planteado, todas las soluciones son falsas. Eso es sabiduría.





La vaca de tu vida

Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.


Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio: los habitantes, una pareja y tres hijos, vestidos con ropas sucias, rasgadas y sin calzado; la casa, poco más que un cobertizo de madera...

Se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: “En este lugar donde no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen para sobrevivir? El señor respondió: “amigo mío, nosotros tenemos una vaca que da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo. Así es como vamos sobreviviendo.”

La vaca de tu vida
La vaca de tu vida
El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, se despidió y se fue. A mitad de camino, se volvió hacia su discípulo y le ordenó: “Busca la vaca, llévala al precipicio que hay allá enfrente y empújala por el barranco.”

El joven, espantado, miró al maestro y le respondió que la vaca era el único medio de subsistencia de aquella familia. El maestro permaneció en silencio y el discípulo cabizbajo fue a cumplir la orden.

Empujó la vaca por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante muchos años.


Un bello día, el joven agobiado por la culpa decidió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar. Quería confesar a la familia lo que había sucedido, pedirles perdón y ayudarlos.

Así lo hizo. A medida que se aproximaba al lugar, veía todo muy bonito, árboles floridos, una bonita casa con un coche en la puerta y algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia hubiese tenido que vender el terreno para sobrevivir. Aceleró el paso y fue recibido por un hombre muy simpático.

El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años. El señor le respondió que seguían viviendo allí. Espantado, el joven entró corriendo en la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacia algunos años con el maestro.

Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaca): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?” El señor entusiasmado le respondió: “Nosotros teníamos una vaca que cayó por el precipicio y murió. De ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que puedes ver ahora.”

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La casa imperfecta

Un maestro de construcción ya entrado en años estaba listo para retirarse a disfrutar su pensión de jubilación. 


Le contó a su jefe acerca de sus planes de dejar el trabajo para llevar una vida más placentera con su esposa y su familia. Iba a extrañar su salario mensual, pero necesitaba retirarse; ya se las arreglarían de alguna manera.

La casa imperfecta
La casa imperfecta
El jefe se dio cuenta de que era inevitable que su buen empleado dejara la compañía y le pidió, como favor personal, que hiciera el último esfuerzo: construir una casa más. El hombre accedió y comenzó su trabajo, pero se veía a las claras que no estaba poniendo el corazón en lo que hacia. Utilizaba materiales de inferior calidad, y su trabajo, lo mismo que el de sus ayudantes, era deficiente. Era una infortunada manera de poner punto final a su carrera.

Cuando el albañil terminó el trabajo, el jefe fue a inspeccionar la casa y le extendió las llaves de la puerta principal. "Esta es tu casa, querido amigo -dijo-. Es un regalo para ti".

Si el albañil hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, seguramente la hubiera hecho totalmente diferente. ¡Ahora tendría que vivir en la casa imperfecta que había construido!


El lobo y el maestro

Zhao Jianzi, un alto funcionario, organizó una gran cacería en la montaña. Al divisar a un lobo, lanzó su carro en su persecución.


         Ahora bien, el maestro Dongguo, viejo letrado conocido por su buen corazón, venía en camino para abrir una escuela en Zhongshan, y se extravió en esa misma montaña. En camino desde el alba, seguía a pie al asno cojo que cargaba su saco lleno de libros, cuando vio llegar al lobo que huía aterrorizado y que le dijo:


El lobo y el maestro
El lobo y el maestro


         - Buen maestro, ¿no está usted siempre dispuesto para socorrer a su prójimo? Escóndame en su saco ¡y me salvará la vida! Si me saca de este mal paso, yo le quedaré eternamente agradecido.
         El maestro Dongguo sacó sus libros del saco y ayudó al lobo a meterse en él. Cuando Zhao Jianzi llegó y no encontró al animal, volvió sobre sus pasos. Al notar el lobo que el cazador estaba lo suficientemente lejos, gritó a través del saco.
         - ¡Buen maestro, sáqueme de aquí!
         Apenas estuvo en libertad, el lobo empezó a chillar:
         - Maestro, usted me salvó hace un rato, cuando los hombres del Reino de Yu me perseguían y yo se lo agradezco, pero ahora, casi estoy muriéndome de hambre. ¿Si su vida puede salvar la mía, no la sacrificaría usted por mí?
         Se abalanzó con el hocico abierto y las garras afuera sobre el maestro Dongguo. Este, trastornado, se estaba defendiendo lo mejor que podía, cuando de repente divisó a un anciano que avanzaba apoyándose en un bastón. Precipitándose hacia el recién llegado, el maestro Dongguo se arrodilló ante él y le dijo llorando:
         - Anciano padre, ¡una palabra de su boca puede salvar mi vida!
         El anciano quiso saber de qué se trataba.
         - Este lobo era perseguido por cazadores y me pidió que lo socorriera, le salvé la vida y ahora quiere devorarme. Le suplico que interceda en mi favor y le explique su error.
         El lobo dijo:
         - Hace un rato, cuando le pedí socorro, él me amarró las patas y me metió en su saco, poniendo encima de mí sus libros; aplastado bajo todo ese peso, apenas podía respirar. Después, cuando llegó el cazador, habló largo rato con él; él deseaba que yo muriera asfixiado dentro del saco, de esa manera habría sacado provecho de mi piel. ¿Un traidor semejante no merece acaso que lo devoren?

El lobo y el maestro
El lobo y el maestro
         - ¡No creo nada! – contestó el anciano –. ¡Vuelva a meterse en el saco, para que yo vea con mis propios ojos si usted estaba tan incómodo como dice!
         El lobo aceptó con alegría y se metió de nuevo dentro del saco.
         - ¿Tiene usted un puñal? – preguntó el anciano al oído del maestro.
         - Sí – contestó mostrando el objeto pedido.
         Inmediatamente el anciano le hizo señas para que lo clavara en el saco. El maestro Dongguo exclamó:
         - ¡Pero le voy a hacer daño!
         El anciano se echó a reír:
         - ¿Usted vacila en matar a una bestia feroz que acaba de demostrarle tanta ingratitud? ¡Usted es bueno, maestro, pero también es muy tonto!
         Entonces le ayudó al maestro Dongguo a degollar al lobo, y dejando el cadáver a la orilla de la senda, los dos hombres siguieron su camino.

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La broma del cofre con oro

Cuentan que había una vez un bachiller que era muy aficionado a las bromas. Su profesor era extremadamente severo; a la menor falta, los alumnos recibían bastonazos.



Un cofre con oro
Un cofre con oro

Un día, el astuto alumno fue sorprendido en falta. El maestro, hirviendo de rabia, lo mandó a llamar de inmediato, y, mientras esperaba que llegara, se sentó en la gran sala.

El alumno llegó y, arrodillándose ante su maestro, le dijo, sin mencionar su falta:

- Quise venir antes, pero estuve haciendo planes para hacer el mejor uso de mil onzas de oro que me cayeron del cielo.

La cólera del profesor desapareció como por encanto, al oír la palabra “oro”.

- ¿De dónde sacaste ese oro? – preguntó con vivacidad.

- Lo encontré escondido en la tierra – contestó el alumno.

- ¿Qué piensas hacer con él? – prosiguió el maestro.

- Soy de una familia pobre – contestó el alumno –; no tenemos bienes de familia, así que hemos decidido, mi mujer y yo, dedicar quinientas onzas de oro para comprar tierras, doscientas onzas de oro para construir una casa, cien para amoblarla y cien para comprar esclavos. De las cien onzas de oro restantes, la mitad será para comprar libros, pues pienso, de ahora en adelante, trabajar con ardor; la otra mitad se la regalaré a mi profesor para agradecerle la enseñanza que me ha dado. He ahí mis planes.

- ¿Es posible? ¡Yo no soy digno de semejante homenaje! – dijo el profesor.

Convidó a su alumno a una suntuosa comida. Los dos hablaban y reían, bebiendo mutuamente a su salud. En un estado próximo a la ebriedad, el profesor preguntó de súbito:

- Te viniste precipitadamente; ¿pusiste siquiera el oro en un cofre, antes de partir?

El alumno se puso en pie para contestar:

- ¡Ay! Aún no había terminado completamente de hacer mis planes, cuando mi mujer me despertó al hacer un movimiento; cuando abrí los ojos ¡el oro había desaparecido! No tuve necesidad de cofre…

Estupefacto, el profesor preguntó:

- El oro del cual hablabas, ¿era entonces un sueño?

- ¡Naturalmente! – contestó el estudiante.

El profesor sintió que una violenta cólera lo invadía, pero su alumno era su invitado y no pudo enfadarse con él. Lentamente dijo:

- Tienes buenos sentimientos en tus sueños para con tu profesor; cuando realmente hagas fortuna, de seguro no me olvidarás.

Y volvió a llenar el vaso de su discípulo.

Relatos de Xue Tao

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Cómo ayudar a los demás


El maestro dijo, "Uno que practica la virtud y la abnegación no debe guardar ninguna idea particular en su mente sobre cómo debe cumplir su virtud, porque la virtud es la naturaleza misma de nuestro ser. 


Cómo ayudar a los demás
Cómo ayudar a los demás
Uno debe estar siempre presto a ayudar a los otros de forma abnegada e incondicional, ofreciendo sus aptitudes y logros para servirles. Debemos estar dispuestos a dar las cosas que más apreciamos e inclusive ofrecer nuestras vidas para ayudar a otros.

"Uno no debe restringir su servicio haciendo distinciones basadas en color, nacionalidad, familia o relaciones sociales, en percepciones sensoriales o cualquier otra condición relativa. El restringir la forma en que uno prestaría servicio a los otros para llenar preferencias personales es potencialmente dañino.

"Buen príncipe, si uno se relaciona con los otros y les sirve sólo de acuerdo a sus propios designios, es como si hubiera entrado a la oscuridad y se encontrara ciego. Ayudaría a algunas personas por coincidencia, pero también perjudicaría a otras. Pero si uno no se limita al imponer condiciones especiales al servicio, entonces uno es como una persona de visión amplia que ve claramente y cuya influencia es puramente positiva.

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La rosa y la inutilidad de las palabras


Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse: 


Los que saben no hablan; 
los que hablan no saben.

La rosa y la inutilidad de las palabras
La rosa y la inutilidad de las palabras

Cuando el Maestro entró donde aquellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras. El Maestro les dijo: ¿Quién de vosotros conoce la fragancia de la rosa? Todos la conocían. Entonces les dijo: Expresadlo con palabras. Y todos guardaron silencio. 

Fuente:

Reservarse siempre las últimas tretas

Reservarse siempre las últimas tretas del arte. 

Siempre ha de quedar superior, y siempre maestro
Es de grandes maestros, que se valen de su sutileza en el mismo enseñarla. Siempre ha de quedar superior, y siempre maestro. Hase de ir con arte en comunicar el arte; nunca se ha de agotar la fuente del enseñar, así como ni la del dar. Con eso se conserva la reputación y la dependencia. En el agradar y en el enseñar se ha de observar aquella gran lección de ir siempre cebando la admiración y adelantando la perfección. El retén en todas las materias fue gran regla de vivir, de vencer, y más en los empleos más sublimes.

Fuente:

Estrategias del Maestro

Mitos. El Maestro impartía su doctrina en forma de parábolas y de cuentos que sus discípulos escuchaban con verdadero deleite, aunque a veces también con frustración, porque sentían necesidad de algo más profundo. Esto le traía sin cuidado al Maestro, que a todas las objeciones respondía: Todavía tenéis que comprender, queridos, que la distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento.

Estrategias del Maestro
Movimiento. A unos discípulos que no dejaban de insistirle en que les dijera palabras de sabiduría, el Maestro les dijo: La sabiduría no se expresa en palabras, sino que se revela en la acción. Pero cuando les vio metidos en la actividad hasta las cejas soltó una carcajada y dijo: Eso no es acción. Es movimiento.

Reacción. Le preguntaron al Maestro qué criterio seguía para escoger a sus discípulos. Y el Maestro dijo: Me comporto de una manera sumisa y humilde. A los que reaccionan con arrogancia ante mi humildad los rechazo inmediatamente. Y a los que me veneran por mi comportamiento humilde los rechazo con la misma rapidez. 

Aceptación. ¿Cómo podría ser yo un gran hombre...como tú? ¿Y por qué ser un gran hombre?, dijo el Maestro. Ser simplemente un hombre ya es un logro bastante grande.

Inadoctrinamiento ¿Qué es lo que enseña vuestro Maestro?, preguntaba un visitante. Nada, respondió el discípulo. Entonces, ¿por qué pronuncia discursos? Lo único que hace es indicar el camino, pero no enseña nada. Al visitante, aquello le resultaba incomprensible, de modo que el discípulo se lo explicó:...

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