El pacto secreto que permite a Estados Unidos controlar Groenlandia sin comprarla, un acuerdo histórico firmado con Dinamarca tras la ocupación nazi.
El mapa sobre la mesa del Despacho Oval mostraba una inmensa masa blanca que Donald Trump observaba con codicia. Para el mandatario, la compra de Groenlandia parecía el negocio del siglo, una adquisición territorial que recordaba a la de Alaska. Sin embargo, en los pasillos de Copenhague, los diplomáticos sonreían con ironía. No era necesario comprar lo que, técnicamente, ya podías usar a tu antojo gracias a un documento amarillento de la Guerra Fría. Al final, Dinamarca es la pieza clave en un tablero donde Washington ya tiene todas las llaves sin necesidad de pagar el precio de la soberanía. Ver Maquiavelo y sus excelentes discípulos
El origen nazi de una alianza eterna.
La historia de este control absoluto no comenzó en los despachos modernos, sino en el fragor de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la Alemania nazi ocupó el territorio de Dinamarca, el pánico se extendió por Washington ante la posibilidad de que el Ártico se convirtiera en una rampa de lanzamiento hacia América. Esta urgencia forzó un pacto defensivo que permitió a las fuerzas estadounidenses levantar bases en la isla. Lo que nació como una medida de emergencia se transformó en una presencia permanente que ha perdurado durante décadas. Ver La sabiduría secreta de Maquiavelo
¿De qué trata el tratado de mil novecientos cincuenta y uno?
La verdadera base legal del dominio actual es el acuerdo de defensa firmado en mil novecientos cincuenta y uno. Este documento otorga a Estados Unidos derechos extraordinarios para construir, operar y mantener instalaciones militares en suelo de Dinamarca dentro del territorio groenlandés. Expertos internacionales coinciden en que Washington puede obtener casi cualquier concesión militar simplemente solicitándola. Esta libertad de acción convierte las amenazas de compra en un gesto político más que en una necesidad real para la seguridad nacional.
La imposibilidad política de una venta territorial.
A pesar de la retórica agresiva, la idea de vender Groenlandia choca con la realidad legal del siglo veintiuno. El Reino de Dinamarca no tiene la potestad unilateral para vender la isla, ya que los groenlandeses tienen el derecho constitucional a decidir su propio destino. El rechazo popular a una absorción por parte de Estados Unidos es masivo, lo que hace que cualquier intento de "takeover" sea diplomáticamente inviable. La soberanía de la región está protegida por marcos legales que Washington no puede ignorar sin romper el orden internacional. Ver Groenlandia: la batalla geopolítica que redefine el poder global en el Ártico
Minerales críticos y el nuevo mapa del Ártico.
El interés por este territorio ha crecido exponencialmente debido a sus reservas de minerales estratégicos y su ubicación en rutas marítimas cada vez más navegables. Estados Unidos observa con recelo la creciente influencia de China y Rusia en la región polar. Sin embargo, para acceder a estos recursos, no es necesaria la anexión. Los habitantes locales están abiertos a acuerdos comerciales siempre que se respete su identidad y su vínculo histórico con Dinamarca.
La cortesía diplomática de la enmienda actual.
En el año dos mil cuatro, el acuerdo se actualizó para reconocer a Groenlandia como un igual dentro del reino. Aunque esto obliga a Estados Unidos a consultar cambios significativos, en la práctica funciona como una formalidad. El marco existente ya le concede a la potencia americana todo el despliegue que requiere para vigilar misiles sobre el Polo Norte. El control real es un hecho consumado que no requiere de nuevas fronteras ni de compras multimillonarias. Ver El fascinante arte de la estrategia
Y tú, ¿qué
opinas? Puedes dejar tus comentarios más abajo.
Te invito cordialmente a compartir esto con todos tus amigos. Tu apoyo significa mucho. ¡Gracias de antemano!

Comentarios
Publicar un comentario