Usamos cookies propias y de terceros que entre otras cosas recogen datos sobre sus hábitos de navegación para mostrarle publicidad personalizada y realizar análisis de uso de nuestro sitio.
Si continúa navegando consideramos que acepta su uso.
OK | Más información | Y más

19 de noviembre de 2013

El parque de las cabezas olvidadas

Hay un parque donde en mi ciudad se olvidan las cabezas. Son cabezas de personas ilustres, con mucha pompa y circunstancia, elegantes barbas y bigote en punta. Un parque donde el ego de estas cabezas se disuelve a la par que el olvido, mientras el viento sopla incansable, las hojas se arremolinan y las cotorras inmigrantes te ensordecen.


Son cabezas del callejero, de nombres rimbombantes, decimonónicos y de los que a veces tenemos un leve recuerdo, un “me suena de algo”, un desvanecido lo tengo en la punta de la lengua.

El parque de las cabezas olvidadas
El parque de las cabezas olvidadas
Estas personas, de hace mas de cien años, fueron muy importantes en su día. La sociedad les rindió tributo a su saber, querer y poder, y de esta forma, con un busto y un pedestal se honró a su persona, a su ego y a su buena o mala cabeza.  Gentes de alto copete, ellos con sombreros de copa y frac y ellas con riguroso vestido de negro y joyas de riguroso oro, asistieron al soporífero y cultísimo discurso con el que se descubría esta estatua, este busto, esta cabeza, en reconocimiento de la ciudad a los méritos del tan insigne e ilustre prócer de la Patria. Una foto en sepia, a veces un daguerrotipo en la memoria junto a los sones de la banda la música municipal.

Ahora, es curioso ver en el parque de mi ciudad, recuperados de un posible viaje final a un vertedero y diseminados en sus jardines, estos bustos de personas cuyo nombre ya casi no se puede leer y cuya cara ya nada nos dice. Estas metálicas cabezas aguantan imperturbables la lluvia, el viento, el frío, los restos de las palomas que se posan en sus coronillas y los grafitis de los descerebrados garabateros que nos tunean la ciudad ante la pasividad de nuestros representantes municipales y la resignación de la aborregada ciudadanía con auriculares en sus orejas y mensajes digitales en la palma de su mano.

“Sic transit gloria mundi” decían los latinos y tal vez también las cabezas de mi parque cuando aun eran de carne y hueso. Hasta el mismo parque ha cambiado de nombre varias veces porque el nombre del anterior prócer ya nadie lo ubica. Aunque es justo señalar que  para la ciudad seguirá siendo el “parque grande”. Curiosamente, las cabezas olvidadas se encuentran cerca del cementerio, donde en pomposos panteones, tumbas y sepulcros ya poco blanqueados se pudren de forma solemne los cuerpos que pasearon estas cabezas. Aunque si escuchas bien, se retuercen su huesos de rabia al ver en qué han acabado sus ilustres y orgullosas cabezas. En la fosa común, sin embargo, otros huesos no paran de reírse al modo de los muertos.

Propongo llenar la ciudad de bustos y cabezas metálicas de los modernos egos con coche oficial, así nuestros bisnietos grafiteros y las bandadas de cotorras les darán poética justicia para deleite de los huesos sin fin de la fosa común. Mientras tanto, aguantaremos las ideas que les surjan de la parte del cuerpo que usan para separar sus orejas. Por  cierto, querido lector, te ruego que no hagas comentarios sobre separarles en vida la cabeza de su cuerpo: te lo he puesto muy, muy fácil, así que espero algo más creativo de alguien tan inteligente como tú.

2 comentarios:

  1. Así es. Si algún "padre de la patria" te cae gordo hay que contribuir para que erijan su estatua en cualquier parque y luego los gamberros y las palomas hagan el resto. Pocas son las estatuas que no han sido cagadas convenientemente.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Con el tiempo, todo acaba convenientemente cagado, Cayetano

      Saludos

      Eliminar