En la antigua Roma, los esclavos eran considerados propiedad absoluta de sus amos, quienes podían disponer de ellos a su antojo, incluyendo su uso con fines sexuales. Tanto hombres como mujeres libres veían en los esclavos no solo a sirvientes, sino a meras herramientas para el placer, sin que sus deseos o consentimiento importaran en absoluto. Dentro de la rígida estructura social romana, el honor y la dignidad de un ciudadano estaban estrechamente vinculados a su dominio sobre otros, incluyendo el ámbito sexual. Un hombre libre, independientemente de su estatus, podía utilizar a sus esclavos para satisfacer sus deseos, pero debía respetar ciertas normas de decoro. No podía permitir ser penetrado ni recibir sexo oral de un esclavo, ya que ello lo colocaría en una posición sumisa, algo que atentaba contra la virilidad y el prestigio masculino. Su papel debía ser siempre el de dominador, reflejando su posición superior en la jerarquía social. Las mujeres romanas, aunque sujetas a m...