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La esclava del presidente George Washington

¡Victoria legendaria! La joven que desafió al Presidente Washington para dejar de ser una esclava y conquistar su libertad

Ona Judge, una valiente mujer que fue considerada propiedad del primer presidente de Estados Unidos, arriesgó su vida para dejar de ser una esclava. En la penumbra de Filadelfia, mientras George y Martha Washington disfrutaban de una cena de gala, Ona cruzaba el umbral de la Casa del Presidente hacia la negrura de la noche. No llevaba dinero, ni documentos, ni derechos legales, pero portaba consigo una determinación inquebrantable. Aquella joven de veintidós años sabía que, si regresaba a Virginia, su destino estaría sellado para siempre bajo el yugo de una nueva y cruel ama. Ver Esclavistas que embarazaban a sus esclavas

La esclava del presidente George Washington

El regalo que detonó la huida hacia la independencia

Ona Judge nació en la servidumbre, hija de una costurera y un sastre inglés. Desde pequeña, su vida fue una guía de sumisión forzada como asistente personal de Martha Washington. Sin embargo, en 1796, el anuncio de que sería entregada como obsequio de boda a Elizabeth Custis Law, conocida por su temperamento violento, transformó su miedo en acción. Ella comprendió que, al ser transferida, cualquier esperanza de obtener su libertad se desvanecería en el aire.

La joven no estaba dispuesta a ser una esclava de por vida. "Mientras ellos estaban empacando para ir a Virginia, yo estaba empacando para irme", relató años después. Con el apoyo de la comunidad negra libre de Filadelfia, logró embarcarse hacia Portsmouth, Nuevo Hampshire. Cuando los Washington notaron su ausencia, Ona ya navegaba por alta mar, desafiando la voluntad del hombre más poderoso de la nación. Ver El castigo de las esclavas negras en EEUU 

La implacable persecución de George Washington

El presidente no aceptó la pérdida de su "propiedad". Utilizó los recursos del Estado y su influencia política para localizarla. A pesar de los anuncios y la presión de funcionarios de aduanas, Ona se mantuvo firme. Cuando se le pidió que regresara voluntariamente, ella ofreció una negociación: volvería solo si se le garantizaba la libertad tras la muerte de sus amos. La respuesta de Washington fue una negativa tajante, exigiendo su sumisión absoluta.

Años más tarde, Washington envió a su sobrino con órdenes secretas de secuestrar a Ona y a su pequeña hija. Gracias a un aviso oportuno, la mujer logró escapar por segunda vez, hundiéndose en el anonimato de Nuevo Hampshire. Este acto de rebeldía demostró que su voluntad era superior a cualquier cadena legal impuesta por el sistema de la época. Ver Las 20 leyes de la astucia

La esclava del presidente George Washington

Una vida de pobreza pero con dignidad plena

Ona Judge vivió el resto de sus días bajo la constante amenaza de la Ley de Esclavos Fugitivos. Trabajó como sirvienta y enfrentó penurias económicas extremas, pero jamás se arrepintió de su elección. En una entrevista concedida en 1845, dejó claro que prefería la miseria en libertad antes que la comodidad en el cautiverio. Su relato se convirtió en un testimonio de la resistencia humana frente a la opresión institucionalizada.

A pesar de que legalmente siguió siendo considerada una fugitiva hasta su muerte en 1848, Ona vivió cincuenta y dos años bajo sus propios términos. Crio hijos libres y formó un hogar basado en el amor y no en la propiedad. Su historia nos obliga a confrontar la contradicción de los "padres de la patria" que defendían la libertad mientras perseguían a una mujer por reclamar la suya.

El legado inmortal de la mujer que venció al poder

Hoy, el nombre de Ona Judge figura en la Casa del Presidente en Filadelfia como un símbolo de coraje. Ella no solo escapó de una casa, sino de un destino impuesto. Al decir "no" a ser una esclava, Ona Judge juzgó a la historia con el estándar de la dignidad humana y ganó. Su vida es un recordatorio de que la libertad no se negocia, se arrebata. Ver Lo que nunca te enseñaron

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