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16 de diciembre de 2014

Lo que se aprende viajando en transporte público

Observando el comportamiento de las personas, cuando se convierten en seres anónimos en un transporte público, se aprenden muchas cosas.


Llevo una semanita que salgo del tranvía con la risa floja. Aclaro que mi ciudad es muy guay, gracias al alcalde que aun es más guay y nos ha regalado un tranvía - pagado por todos y sin aclararnos las cuentas de esta obra – que es un transporte la mar de guay, sostenible, ecológico y todas esas cosas. ¿Verdad que te doy envidia? Lástima que a causa de esta línea, han dejado hechas unos zorros las líneas de autobuses. 

Pero me estoy desviando del tema. Como me subo al principio de la línea, suelo tener asiento libre que muy presto ocupo, para eso tengo ya una edad. Hace unos días, unas paradas más adelante, subieron un matrimonio de ancianos bastante perjudicados y achacosos. A mi lado estaba sentado un joven con auriculares y dándose caña con el puto telefonito. Muy absorto en su mismiedad, el muchacho, como en su propia burbuja, tú ya me entiendes. Nadie se levantaba a ofrecer el asiento, así que, como a mí no me cuesta nada y lo considero una muestra de respeto y educación, les dije que se acercaran, que el joven autohipnotizado  y el que esto les escribe les dejábamos nuestras plazas. El muchacho no tuvo más remedio que levantar su culo. Me encantó: además de hacer algo que a mí no me cuesta nada, levanté a un modorro de su triste existencia para que elevara su solidaridad con sus semejantes. 

Lo que se aprende viajando en transporte público
Lo que se aprende viajando en transporte público

¿Pensarás que soy un tipo solidario y todas esas cosas? Pues es verdad, pero a mi manera. Ahora verás por qué.


Otro día en el tranvía (toma ripio, me encantan los ripios) estaba un fulano escuchando música sin auriculares desde su teléfono a todo volumen. Esperé unos prudenciales minutos para ver si él mismo se autocorregía, cosa que me pareció muy improbable a la simple inspección de su figura. También dejé tiempo para ver si algún mozo le reprendía verbalmente y ganaba puntos ante su churri. Nada, seguíamos con la molesta música a toda hostia. Imagínate los caretos del personal reflejando el desagrado, pero tragando, que es gerundio. Y el tranvía abarrotado, lleno de valientes y osados españolitos. A veces, algún jubilata pasado de vueltas es el que arregla estas situaciones, pero los de ese día debían estar en otras cosas, así que ninguno le apercibió.  En fin, que me saltó el automático, le solté un par de gritos diciendo que estaba molestando y el fulano me hizo caso, cosa que en alguna rara ocasión no me ocurre. 

Y así continuamos el apasionante y rutinario recorrido en el tranvía guay de mi ciudad. Hasta aquí, todo bien, ¿verdad? 


Bueno, pues resulta que me tocaba abandonar el tranvía antes que el fulano que molestaba y, con íntimo regodeo, me dije que esta era la mía. Así que, guiñándole un ojo le dije: “ya puedes poner la música a todo volumen, que al resto de la gente no le importa”. Y el fulano en cuestión lo hizo. Aun lo oía cuando yo salía del tranvía. Olé sus huevos (y los míos). Creo me alegró mas el día que cuando lo del asiento de los abuelos y el jovenzuelo modorro. 

¿Pero sabes que fue lo que más me mosqueó? Me di cuenta que el que molestaba y yo éramos muy parecidos: los dos sentíamos un gran desdén (por no decir asco) por esa masa de borregos que tragan con todo. Así que si me lo vuelvo a encontrar, le invito a unas cañas al colega.

En fin, que con estas dos situaciones he visto muy claro el presente y el futuro de esta sociedad y este país de borregos y otras cosas más desagradables que no quiero escribir. No me extraña que nos vacile todo dios: bancos, políticos, el vecino del quinto, telefónicas, eléctricas y el que pasaba por ahí. Que no nos pase nada cuando todo pete y se vaya a la mierda, que será más pronto que tarde. Espero que me pille de cañas con el tío coñazo de la música o algún fulano parecido. Por lo menos, nos tendremos ley, como dicen los gitanos. Y al resto de pichafrías, que les den.

5 comentarios:

  1. Tanta gente en tan poco espacio, groserías y sobacos aparte, despierta los peores instintos que llevamos dentro. Como si metiéramos en una jaula a una variopinta fauna salvaje. La masificación crea monstruos. Por eso vivo a unos cuantos kilómetros de la gran ciudad, en "Villabotijos de abajo".
    Un saludo.

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    1. He vivido en ambos tipos de vida. Creo que lo ideal es vivir en un "villabotijos" cerca de una ciudad de tamaño razonable: mas o menos participas de las ventajas de ambos mundos.

      Un saludo

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  2. Yo vivo en un pueblo pequeño y me quedo en él. tengo cerca la gran ciudad y en la mía hay los servicios mínimos, que al fin importa. Hay quienes se quejan por lo bajito, pero tragan...

    Saludos

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    1. Manuel, te ahorras los viajes diarios en transporte colectivo, que son la mar de interesantes como habrás podido leer.

      Saludos

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