7 de septiembre de 2013

Sea audaz al entrar en acción o cómo vender la Torre Eiffel

Si se siente inseguro frente a determinado curso de acción, no lo intente. Sus dudas y titubeos se transmitirán a la ejecución del plan. La timidez es sumamente peligrosa; lo mejor es encarar toda acción con audacia.


Cualquier error que usted cometa por ser audaz se corregirá con facilidad mediante más audacia. Todo el mundo admira al audaz; nadie honra al timorato.


En mayo de 1925, cinco de los más exitosos comerciantes en chatarra de Francia fueron invitados a una reunión "oficial" pero "altamente confidencial" con el director general del Ministerio de Correos y Telégrafos en el hotel Crillon, en aquel entonces el más lujoso de París. Cuando los comerciantes llegaron al hotel, el director general en persona, un tal Monsieur Lustig, los recibió en una elegante suite del último piso.

Sea audaz al entrar en acción. Víctor Lustig
Sea audaz al entrar en acción. Víctor Lustig
Los hombres, que no tenían idea de por qué habían sido convocados a aquella reunión, estallaban de curiosidad. Después de servir las bebidas, el director les dijo: "Señores, éste es un asunto urgente que exige absoluta confidencialidad. El gobierno tendrá que demoler la torre Eiffel". Los comerciantes escucharon en atónito silencio mientras el director explicaba que, tal como se había informado hacía poco en los medios, la torre exigía urgentes reparaciones. En un principio había sido levantada como una estructura temporaria (para la Exposición Mundial de 1889), pero los costos de mantenimiento habían crecido de manera exagera-da durante los últimos años, y ahora, en un momento de crisis fiscal, el gobierno tendría que gastar millones para repararla. Muchos parisienses consideraban que la torre Eiffel era una ofensa a la estética y verían con agrado que desapareciera. Con el tiempo, hasta los turistas la olvidarían, y sólo perduraría en las tarjetas postales y en las fotos de época. "Señores -concluyó Lustig-, están invitados a presentar al gobierno sus ofertas por la torre Eiffel."

Lustig les entregó unas hojas que mostraban el membrete del ente estatal; en ellas figuraban las cifras correspondientes al proyecto, como el tonelaje de metal de la torre. Los comerciantes agrandaron los ojos cuando calcularon cuánto podrían ganar con aquella chatarra. Luego Lustig los condujo a una limusina que los aguardaba delante del hotel y los llevó hasta la torre Eiffel. Tras presentar un pase oficial, los guió por la construcción, matizando la visita con divertidas anécdotas. Al final de la recorrida, les agradeció y les pidió que, en el término de cuatro días, le hicieran llegar las ofertas a su suite del hotel.

Sea audaz al entrar en acción. Víctor Lustig vendiendo la Torre Eiffel
Sea audaz al entrar en acción. Víctor Lustig vendiendo la Torre Eiffel

Varios días después de presentadas las ofertas, uno de los cinco comerciantes, un tal Monsieur P., fue notificado de que su oferta había ganado la licitación y que, para asegurar la venta, debía presentarse en la suite del hotel en dos días, con un cheque certificado por más de 250.000 francos (lo que equivaldría hoy a 1.000.000 de dólares), es decir, una cuarta parte del precio total. Contra la entrega de dicho cheque, recibiría los documentos que le transferirían la propiedad de la torre. Monsieur P. estaba excitadísimo: pasaría a la historia como el hombre que compró y demolió el antiestético monumento. Pero al llegar al hotel, cheque en mano, comenzó a dudar del negocio. ¿Por qué tenían que encontrarse en un hotel, y no en un edificio gubernamental? ¿Por qué nunca había tratado con otros funcionarios del gobierno? ¿Se trataba de una farsa o una estafa? Mientras Lustig hablaba de las medidas que debían tomarse para demoler la torre, el comerciante, aún dudoso, contemplaba la idea de echarse atrás.

Sin embargo, de pronto se dio cuenta de que...

CONTINUA EN:

6 comentarios:

  1. Curiosa y divertida historia. Sólo falta el señor Bárcenas en esta cadena de estafadores. Él habría vendido el Manzanares o la Puerta de Alcalá a buen precio.
    Mejor ser impetuoso que cauto, pero con inteligencia, porque la impulsividad no es mejor estrategia que la reflexión. No hay más que ver quién gana al ajedrez.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ayer se intentó vender Madrid con todos sus madrileños. Menos mal que ganó Tokio. Si hubiera sido aquí, prefiero no pensar que hubiera ocurrido en este Patio de Monipodio

      Saludos, Cayetano

      Eliminar
  2. Hola Carolus:

    Querer es poder...El quiso vender la torre y lo hizo sin remilgos...Y hubo quien se la compró...Incluso el comprador a lo mejor no le parecía que había que demolerla, pero...

    Convincente, resuelto y audaz...Alguna vez lo he escuchado como calificativo del buen comerciante (o timador) ;D

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La duda mata. Titubear hace que los depredadores huelan la debilidad en la presa.

      Una vez se ha tomado una decisión, no hay que dudar al ejecutarla.

      Saludos, Manuel

      Eliminar
  3. Hay que tener un plan de acción, y llevarlo a cabo. Si es un buen plan nunca te pillan... Barcenas y similares no servirían para esto, no siguen un plan sino simplemente a sus instintos... y de tanto recibir dadivas y adulación se creen invencibles y entonces caen.

    Como ejemplo, vease el rey de la gomina, los antibióticos y banesto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ahora esto lo llaman la diferencia entre ser proactivo y reactivo. Actuar previendo los acontecimientos o hacerlo a remolque y reaccionando ante éstos.

      Pero si que personas poderosas que tienen un plan, y ser discretos o invisibles es parte de ese plan.

      Saludos, csc212

      Eliminar