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Cómo ganar siempre... con un cuervo que habla

Volvía Octaviano a Roma muy ufano de su victoria en Accio.


Entre los que venían a felicitarlo se le acercó uno con un cuervo en la mano, al que había enseñado a decir:  "Ave, Caesar, victor imperator! ( ¡Ave, César, general victorioso!). 

Admirado César Octavio, compró aquel pájaro tan ingenioso por veinte mil sestercios. 

Cómo ganar siempre... con un cuervo que habla
Cómo ganar siempre... con un cuervo que habla
Un compañero del adiestrador del pájaro, que no se había visto beneficiado de semejante derroche de liberalidad, dijo a César que el individuo en cuestión tenía además de ese cuervo otro, y le sugirió que mandara que se lo trajeran. 

Una vez ante su presencia, el pájaro pronunció las palabras que le habían enseñado a repetir: "Ave, victor imperator Antoni!" ( ¡Ave, general victorioso, Antonio!)

Macrobio, en Saturnales

Moraleja 1: para ganar siempre apuesta por todas las opciones... sin que nadie se entere, sobre todo los envidiosos.


Moraleja 2: una vez vendido el primer cuervo a Octaviano, tenía que haberse deshecho del otro pájaro. Eso es deshacerse de las pruebas que te pueden complicar la vida.


Moraleja 3: si quieres vender algo, que sea lo que va dirigido al ego del comprador.



El Emperador que transformaba a sus enemigos

Durante varios siglos después de la caída de la dinastía Han (año 222 d.C.) la historia china presenta una serie de golpes de Estado violentos y sangrientos, uno tras otro. Los hombres del ejército conspiraban para asesinar a un emperador débil, para luego reemplazarlo por un general fuerte y colocarlo en el trono del dragón.


El general iniciaba una nueva dinastía y se hacía coronar emperador. Para asegurar su supervivencia, asesinaba a los generales que lo habían acompañado en el golpe. Algunos años más tarde, sin embargo, el modelo volvía a repetirse: nuevos generales volvían a levantarse y asesinaban al emperador o a sus hijos. Ser emperador de China significaba estar solo, rodeado por una jauría de enemigos. Era la posición de menor poder y seguridad que existía.

En el año 959 d.C., el general Chao K'uang-yin se convirtió en el emperador Sung. Tenía plena conciencia de que era muy probable que, en el término de uno o dos años, lo asesinaran. ¿Cómo podía hacer para romper ese esquema? Al poco tiempo de haber sido entronizado como emperador, Sung ordenó que se realizara un banquete para celebrar el advenimiento de la nueva dinastía, al que invitó a los más poderosos comandantes del ejército. Después de que todos bebieron mucho vino, Sung despidió a los guardias y a todos los demás invitados, menos a los generales, que empezaron a temer que el emperador los asesinara de un solo golpe.


El Emperador que transformaba a sus enemigos
El Emperador que transformaba a sus enemigos

El emperador, en cambio, les dijo: "Paso todo el día temiendo por mi vida, y me siento desdichado, tanto a la mesa como en mi cama. Porque, ¿quién de ustedes no sueña con arrebatarme el trono? No es que dude de su lealtad, pero si, por una de esas casualidades, sus subordinados, buscando riqueza y poder, obligaran a alguno de ustedes a vestir la túnica amarilla, ¿quién podría rehusarse?". Ebrios y temerosos por su vida, los generales reiteraron, una y otra vez, su inocencia y su lealtad. Pero Sung tenía otros planes. "La mejor forma de pasar los días es disfrutando en paz de las riquezas y los honores. Si ustedes están dispuestos a renunciar a sus mandos, yo, por mi parte, estoy dispuesto a brindarles prósperas tierras y bellas viviendas, donde puedan disfrutar del placer, acompañados por cantantes y mujeres hermosas."

Los generales, atónitos, comprendieron que, en lugar de luchas y angustias, Sung les ofrecía riquezas y seguridad.


Al día siguiente, todos los generales presentaron su renuncia y se retiraron como nobles a las propiedades que Sung les había obsequiado. En un golpe magistral, Sung convirtió a una manada de "amigables" lobos, que sin duda lo habrían engañado y atacado por la espalda, en un grupo de dóciles corderos, alejados de todo poder.

Durante los arios siguientes, Sung continuó su campaña para asegurar su poder absoluto. En 971 d.C., King Liu, oriundo de la sureña provincia de Han, al fin se rindió ante él, al cabo de arios de rebelión. Para gran sorpresa de Liu, Sung le otorgó una posición de alto rango en la corte imperial y lo invitó al palacio para sellar su nueva amistad con una copa de vino. Cuando Liu tomó la copa, titubeó un instante, temiendo que contuviera veneno. "Los crímenes de este súbdito sin duda merecen la muerte —exclamó—, pero yo pido a Su Majestad que perdone la vida a este súbdito. No me atrevo a probar este vino." El emperador Sung se echó a reír y, tras tomar la copa de manos de Liu, la vació de un solo trago. El vino no estaba envenenado. A partir de ese momento, Liu se convirtió en el amigo más confiable y leal de Sung.

En aquel tiempo, China se había dividido en numerosos pequeños reinos. Cuando Ch'ien Shu, rey de uno de ellos, fue derrotado, los ministros de Sung aconsejaron al emperador encarcelar al rebelde. Le presentaron documentos que probaban que Ch'ien Shu seguía conspirando para asesinar a Sung. Sin embargo, cuando Ch'ien Shu fue a visitar al emperador, éste, en lugar de encerrarlo en una cárcel, lo recibió con todos los honores. También le obsequió un paquete y le pidió al rey que sólo lo abriera cuando estuviese a mitad del camino hacia su casa. Ch'ien Shu abrió el envoltorio durante su viaje de regreso, y vio que contenía toda la documentación referente a su conspiración. Se dio cuenta, entonces, de que Sung sabía de sus planes asesinos y que, sin embargo, le había perdonado la vida. Esa generosidad lo convirtió y pronto fue uno de los súbditos más leales de Sung.

Un proverbio chino compara a los amigos con las mandíbulas y los dientes de un peligroso animal: si uno se descuida, se encuentra con que terminan masticándonos.


El emperador Sung conocía las mandíbulas que lo rodeaban cuando asumió el trono: Sus "amigos" del ejército lo masticarían como si fuese un trozo de carne y, si llegaba a sobrevivir, sus "amigos" del gobierno se lo comerían para la cena.

El emperador Sung no quiso tener trato con sus "amigos", sino que sobornó a sus generales colegas con espléndidas propiedades y los mantuvo bien alejados. Ésta era una forma mucho mejor de anularlos que matándolos, -lo que sólo hubiese provocado la venganza de otros generales. Sung tampoco quiso tener nada que ver con ministros "amistosos". Más de una vez, terminarían bebiendo su famosa copa de vino envenenado.

En lugar de confiar en sus amigos, Sung utilizó a sus enemigos, uno tras otro, transformándolos en súbditos mucho más confiables. Mientras que un amigo espera más y más favores y hierve de celos y envidia, los ex enemigos no esperaban nada y recibieron todo. Un hombre que se encuentra con que de pronto le perdonan la vida es, sin duda, un hombre agradecido e irá hasta el fin del mundo por el hombre que le concedió esa gracia. Con el correr del tiempo, sus antiguos enemigos se convirtieron en los más confiables amigos de Sung.

Y, por último, Sung logró romper con el ciclo continuo de golpes de Estado, violencia y guerra civil: la dinastía Sung gobernó la China durante más de trescientos años.
Fuente: Las 48 leyes del Poder, de Robert Greene
Ley nº 2: Nunca confíe demasiado en sus amigos; aprenda a utilizar a sus enemigos

Meditaciones de Marco Aurelio, Emperador de Roma


Meditaciones. Marco Aurelio
Meditaciones. Marco Aurelio


Ante Marco Aurelio, nos encontramos ante un personaje histórico de gran calado y ejemplo a seguir por muchas generaciones. Ante todo, es filósofo, amaba a la filosofía como a una madre en la que hallar refugio.


Recibió desde pequeño las enseñanzas helénicas y fue introducido en la filosofía estoica, y fiel a dichos principios dio ejemplo hasta el final de sus días, de que el bien supremo del hombre consiste en vivir en armonía consigo mismo, con sus semejantes y con la naturaleza; es decir, en alcanzar la estado de ánimo que se caracteriza por la ausencia de deseos o temores.

Fue Emperador de Roma y Filósofo, dos actividades que parecen difíciles de compaginar, pero que como hombre que era de virtudes, sencillez y modestia, las pudo llevar a cabo sin ninguna dificultad.




Qin Shi Huang, el Primer Emperador

Los mundialmente famosos "guerreros de Xi an" son el afortunado testimonio de una de las épocas más convulsas y relevantes de la historia de China, los años en que unos reinos divididos y masacrados por las guerras feudales dejaron paso al primer imperio unificado, germen del nacimiento del mayor país del mundo y de su monumento más memorable, la Gran Muralla. El artífice fue un gobernante con una visión política poco común, Qin Shi Huang, el primer emperador de China.



Qin Shi Huang, el Primer Emperador
Qin Shi Huang, el Primer Emperador

"Una palabra vale más que mil piezas de oro." Este aforismo chino era algo más que una metáfora hacia el año 247 a. de C. En la plaza del mercado de Xianyang, capital del Reino de Qin, en el noroeste del país, se exponía, entre puestos de comida y de todo tipo de mercaderías, un enorme libro que compilaba el conocimiento filosófico, político, histórico y científico de la época, los Anales del maestro Lu. Sobre este colgaba un millar de doradas monedas que Lu Buwei, el canciller del rey, ofrecía a cualquiera que se creyera capaz de añadir una sola palabra a tan magna obra. Evidentemente, no hubo ninguna sugerencia.

Esta lección tan directa sobre el pueblo de Qin simboliza a la perfección el inicio de una etapa que iba a convertir a un pequeño reino en el centro de China en un adelantado a su tiempo y en la cabeza del esfuerzo unificador de un gran Estado que poco tiene que ver con el gigante que hoy se asienta sobre nueve millones de kilómetros cuadrados y cuenta con 1.100 millones de habitantes (la sexta parte de la población mundial).

En aquellos años en que, en el Mediterráneo, Cartago expandía su poder marítimo y empezaba a ser una amenaza para la Roma republicana, en el corazón de Asia varios Estados guerreros se castigaban mutuamente con continuos enfrentamientos que los dejaban exhaustos, tanto en términos humanos como materiales. Una dinámica de aniquilamiento por la cual un país era capaz de destruir las presas de los ríos cuando estaban llenas con el único fin de inundar al vecino. La superación de esta etapa fue posible gracias a la acción unificadora del supremo señor de Qin, Qin Shi Huang, el primer emperador de China.

Curiosamente, Qin era uno de los reinos más marginales, en términos geopolíticos, de los siete que dominan esta época. Los otros seis eran: Han, Zhao, Yan, Wei, Chu y Qi. Todos ellos juntos corresponden a lo que hoy es la China de los grandes ríos, la más fértil, que se extiende desde el mar de la China, por el este, hasta el paralelo 105, y que por el noroeste era defendida por la Gran Muralla.


Qin Shi Huang, el Primer Emperador. Guerreros de terracota de Xian
Qin Shi Huang, el Primer Emperador. Guerreros de terracota de Xian

Una familia complicada


La historia de este gran unificador, Qin Shi Huang (259?- 210 a. de C.), comienza como la de un rey adolescente de 13 años, bajo la regencia de su madre, con un entorno no demasiado favorable a sus designios: el país estaba controlado por el canciller Lu Buwei, que quizás era su padre natural, mientras que la reina madre, viuda pero todavía joven, se había echado en brazos de un nuevo amante, Lao Ai, que, al calor de su relación, había alcanzado ya el título de marqués de Changxin y amenazaba con conseguir más poder. Sin embargo, Shi Huang, tras ser coronado en el 238 a. de C., a los 22 años, demostró una determinación y una energía que en poco tiempo lo llevaron a tomar el mando y deshacerse de sus enemigos: Lao intentó una revuelta nada más producirse la entronización de Shi Huang. Este la aplastó sin piedad e incluso ejecutó a los dos hijos que su madre había tenido con él, que hubieran podido ser rivales.

A ella la confinó en un alejado palacio. Por último, se deshizo de Lu Buwei, que había sido una fuerza importante en la conversión de Qin en un Estado gobernado por algo más que la fuerza de las armas, pero que le resultaba incómodo por su enorme ascendiente en el país y por los rumores que lo señalaban como su auténtico padre, que posiblemente no fueran ciertos pero eran alentados por sus enemigos. Lu Buwei se habría suicidado ingiriendo veneno.

Tras esta limpieza interna, el consolidado rey de Qin ...
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Yo, Claudio, el emperador por accidente

Afectado desde niño por una extraña enfermedad, Claudio supo sobrevivir a la sombra de Tiberio y Calígula. Ya emperador, sorteó varias conjuras hasta su posible envenenamiento por parte de su esposa.



Emperador Claudio. Fotograma de la serie "Yo, Claudio"
Emperador Claudio
Fotograma de la serie "Yo, Claudio"

Pocos hubieran imaginado que un joven tartamudo, con dificultades motoras y temblores en la cabeza llegaría a ser uno de los emperadores más queridos por el pueblo. Claudio (10 a.C.- 54 d.C.) fue injustamente descrito por los historiadores antiguos Tácito y Suetonio, ya que éstos lo describieron como un gobernante fácilmente dominado por sus mujeres y sus libertos, es decir, un tonto.

Esta visión ha sido revisada en la actualidad: pese a sus discapacidades físicas, Claudio tuvo que tener ciertas cualidades para mantenerse en el poder durante tanto tiempo, lidiar contra conspiraciones, etc. Sus defectos físicos eran sólo la fachada de una personalidad muy compleja. Su adolescencia, periodo en el que se cree que enfermó, no debió de resultarle fácil. A lo largo de toda su vida tuvo que soportar innumerables humillaciones que muchas veces provenían de...

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El sueño del último emperador


Estaban tan a la vista que nadie reparó en ellos. Me refiero a los herederos del Imperio Romano. ¿O debería decir al propio Imperio? Usted conoce al presente Emperador, lo ha visto muchas veces en TV y su poder es muy, muy grande. Le llaman “Pontifex Maximus”, como a Julio César y sus sucesores. Siguen hablando en latín, visten como los antiguos romanos del Siglo V y están organizados de la misma manera. Lástima que ya no tengan Legiones, ¿o me estoy equivocando?

Me estoy refiriendo al Sumo Pontífice Benedicto XVI y a la Iglesia Católica Apostólica ROMANA.

El emperador romano Constantino tuvo un sueño. Antes de la batalla escuchó “in hoc signo vincit” (con este signo vencerás) y vio la Cruz. En realidad lo que vio fue un futuro genial para un Imperio que se desmoronaba. No quedaban ya ninguna de las virtudes que elevó a Roma a ser un Imperio milenario, sólo los ritos caducos y la estructura: una cáscara hueca. Tenía que aglutinar a su imperio como fuera, y ¿qué mejor que la nueva religión cristiana? Naturalmente, controlada por él. Con lo que no contaba es que esta nueva religión iba a ir ocupando las estructuras de poder que el moribundo imperio abandonaba. Su Pontífice, con sede en Roma como los césares, iba a tomar el relevo de la influencia imperial. Durante siglos, el papado fue el Rey de reyes, quien validaba los reinados de los monarcas. El mismo Napoleón, procedente de la Revolución, se hizo coronar por el Papa. La estructura jerárquica del clero, el calendario, las vestimentas, los ritos, todo es romano hasta la médula.

Si por un momento olvidamos todo lo referente a la fe cristiana, todo cuadra. Hasta los territorios donde triunfó la “herejía” de Lutero son los mismos de los “bárbaros”, al norte del río Rhin y la escasamente romanizada Britannia.

Constantino fundó otra capital para el Imperio, Constantinopla. Esta ciudad fue la última del Imperio romano tras su asalto por Mehmed II en 1453, poco antes de la toma de Granada por Isabel y Fernando en 1492. La historia del imperio romano de oriente y su metamorfosis en religión ortodoxa es muy similar al caso romano, sólo que el Basileus vive en Moscú y le llaman Patriarca de Todas las Rusias.

Ave, caesar Benedictus XVI, Internet te saluta.