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El genoma humano del ADN de más de un siglo

Ya ha llegado el espectáculo del genoma humano con sus actores de ADN.



El genoma humano del ADN de más de un siglo
El genoma humano del ADN de más de un siglo

Una empresa premiará con 10 millones de dólares al primer equipo que secuencie el genoma humano de 100 personas centenarias.

¿Para qué este desembolso? Nos dicen que en el genoma de estas personas se encuentra el secreto de la longevidad y de la buena salud. Como la empresa es privada, ellos sabrán lo que hacen con su dinero. De momento, ya han conseguido publicidad.

Me parece muy bien todo esto de estudiar ADN, genoma y demás interioridades del ser humano. Ahora mismo, el origen de todo es la genética, muera el libre albedrío. Nacemos predestinados por la doble hélice del ADN. Hace unos años era por el ambiente y hace un siglo, según Freud, por el subconsciente. No sé yo, doctores tiene la Ciencia.


El genoma humano del ADN de más de un siglo. Abuelo centenario
El genoma humano del ADN de más de un siglo.
Abuelo centenario

Sin embargo, se pueden ahorrar este premio y darme a mí un 10%, que soy de buen conformar. Leí un antiguo estudio del que no puedo ofrecer link sobre personas centenarias. Se investigaba lo mismo: por qué habían llegado y que tenían en común. Tras investigar a miles de ellos, se encontró de todo: ricos, pobres, borrachos, abstemios, fumadores, religiosos, ateos, altos, bajos, crápulas y ascetas, de cualquier sexo o raza… nada en común. Salvo un pequeño detalle, la nutrición. Todos ellos comían muy poco, así de sencillo.

El secreto no estaba en el genoma ni en el ADN, estaba en las tripas. Mírese al espejo y verá si llega sano a los 100 años. Sin test de genoma, ADN y otras modernas brujerías.

Enlaces de interés:
Artículo de hace 15 años sobre “Comer menos para vivir más”

El Arte de la Estrategia tusbuenoslibros

El destino genético


Poco a poco, y gracias al progreso en el conocimiento de nuestro genoma, se va confirmando lo que indicaba el sentido común: que somos mitad naturaleza y mitad crianza.
 
Dejar de fumar
Dejar de fumar
Cada quince de octubre acabo acordándome de que en esa fecha fumé por última vez un cigarrillo, y lo celebro en secreto, como un aniversario privado, sin nostalgia, desde luego, con una sensación de alivio que los años no atenúan. Había fumado regularmente durante más de veinte años, desde que en la adolescencia el tabaco había sido un signo de vida adulta y rebeldía. Había fumado en los momentos de felicidad y para suavizar la desdicha, para tranquilizarme y para estimularme, para disfrutar de la soledad y para remediar la timidez. Los cigarrillos habían acompañado el insomnio de mis noches de estudio y la ebriedad de los trasnoches en los bares, y sobre todo habían sido un hábito imprescindible y un aliciente en el trabajo que más me importaba, el de la literatura. Fumaba para darme ánimos al empezar a escribir y para premiarme a mí mismo cuando había logrado una página aceptable. En el fervor igual que en el desánimo la mano recorría automáticamente la mesa de trabajo en busca del cigarrillo y del mechero. El humo y la nicotina formaban parte de la escritura en la misma medida que el papel y la tinta, y luego que la fosforescencia amarillenta de los caracteres en la pantalla de mi primer ordenador.

Pero de pronto un día terminé un cigarrillo y ya no hubo ninguno más. El tabaco, que había formado parte consustancial de mi vida, desapareció de ella igual que su olor de mi ropa y que los ceniceros llenos de colillas, las toses matinales y la fatiga al subir las escaleras. Al principio temía ponerme a escribir sin su ayuda: tenía miedo, sobre todo, de mi propio miedo, de que el empeño en no fumar debilitara mi decisión de escribir. Bebía agua, para compensar a las manos y a los labios de la ausencia brusca de los actos reflejos asociados a los cigarrillos, pero al poco tiempo la distracción absorbente del trabajo eliminó también esa inquietud. No sólo escribía sin fumar: terminaba una frase, una página entera, y caía en la cuenta de que lo había hecho sin acordarme del tabaco, y en que además al final de varias horas de trabajo no notaba ese agotamiento que me había parecido un efecto inevitable de la dedicación a la literatura, siéndolo tan sólo de los estragos del humo.

Pero hay gente menos afortunada. Mi pobre y admirado amigo Terenci Moix padeció un enfisema terrible y siguió gastando en fumar el poco aliento que le quedaba, y se acercó a la muerte cigarrillo tras cigarrillo, sabiendo con toda claridad que el tabaco no era un placer al que sacrificaba una parte de su vida, sino un verdugo cruel que se la estaba quitando.

El mérito de que yo dejara de fumar no fue sólo mío: me ayudó un gen llamado D4DR
 
Genes
Genes
¿Se puede medir la fuerza de voluntad, como se mide la tensión arterial o el índice de colesterol en la sangre? Me temo que sería un propósito tan absurdo como el de fotografiar eso que llaman el aura. Reflexionamos sobre nuestra voluntad o nuestra educación y nos cuesta aceptar que haya otras razones de orden biológico para nuestros actos. La mentalidad progresista se forjó en la rebeldía contra injusticias, desigualdades y prejuicios que para los clérigos y los privilegiados formaban parte del orden natural: si no era natural que hubiese ricos y pobres, que los hombres blancos dominasen a los de piel más oscura, que las mujeres estuvieran sujetas a los varones, cualquier sugerencia de que en los seres humanos haya rasgos que no proceden de la historia o de la educación, sino de la naturaleza, parecía tan sospechosa como los viejos prejuicios sobre las razas o los sexos.

Poco a poco, y gracias al progreso en el conocimiento de nuestro mapa genético, se va confirmando lo que indicaba el sentido común: somos a medias naturaleza y a medias crianza, nature y nurture, por decirlo en los términos ingleses del debate. En un espléndido número especial de esta misma revista se resumía hace poco el estado apasionante de la cuestión, y en el periódico de casi cada día vienen noticias de nuevos hallazgos sobre la manera enigmática y minuciosa en que las sustancias químicas elementales que componen la doble espiral de nuestro ADN determinan ciertos rasgos de nuestro comportamiento y nuestro carácter igual que la forma del lóbulo de nuestra oreja, el color de nuestros ojos, el dibujo de nuestros labios. La vida de cada uno no está escrita hasta sus últimos detalles en las estrellas, ni en la conciencia divina, y tampoco en los genes, pero sí delimitada por ellos, en un espacio en el que confluyen la voluntad y el instinto, las inclinaciones misteriosas que no sabemos de dónde proceden y las normas, los sueños, las verdades y las mentiras que nos cuentan desde el principio de la infancia.

Y ni siquiera tiene tanto mérito que yo dejara fácilmente de fumar: según un doctor Cloninger al que cita esta revista, me ayudó mucho a curarme del hábito un gen con nombre de robot, el D4DR, que regula la transmisión por mis tejidos cerebrales de una sustancia llamada dopamina.

Por Antonio Muñoz Molina, Escritor

La finalidad de la especie humana


Muchos científicos, y muchos escritores de ciencia ficción, plantean la idea de que para colonizar el espacio deberíamos mandar por delante naves robotizadas que adaptaran un planeta como idóneo para la vida. Llevarían embriones de todas las especies (incluida la nuestra) y desde este planeta se repetiría la jugada hacia otro. Como idea no es descabellada y tal vez la Humanidad, más pronto que tarde, lo haga. Tal vez en el proceso destruyamos alguna forma de vida autóctona, pero sería un mal menor.

Mi amigo Manolo opina que esta idea ya está en marcha. Lo genial de la idea es que, según él, nosotros somos los robots de la especie que envía embriones por el espacio para dejar como habitables los planetas elegidos. Esta especie que nos dejó “germinar” y nos programó para los viajes espaciales es la que de forma innata denominamos Dios, divinidad, etc. a lo largo de las eras. Si por algún imprevisto la Humanidad desapareciera, estos “dioses” tienen previsto que otra especie terrestre nos releve del cometido de colonizar la Tierra, luego el sistema solar, y luego…

La pregunta del millón es cuándo esta especie alienígena se presentará para recoger el trabajo realizado por la Humanidad. ¿Nos rebelaremos o les adoraremos? Quien lo podría saber. De todas formas, nosotros ya estamos jugando a este juego con la genética y la robótica. Pronto lo sabremos en propias carnes.

Hay otra opción que tampoco tiene gracia: que ahora mismo otra especie extraterrestre plantee reconfigurar la Tierra para su uso y disfrute, caiga quien caiga, que sería toda la biomasa actual (a la que pertenecemos). Un buen meteorito como antiséptico y repoblar con su genética propia. Tal vez ya haya ocurrido y nosotros seamos uno de los resultados.

¡Qué cosas mas raras piensa mi amigo Manolo!

Ratas, genética y caníbales.


El secretario de Bienestar del estado indio de Bihar, Vijay Prakash, dice que la gente debería comer ratas para aumentar su consumo de proteínas y para que los roedores no acaben con el trigo. Si Usted lo piensa, tiene su lógica. Lástima que a nadie nos guste la carne de rata. Aunque, ¿está seguro de no haberla comido? Yo no lo estoy.


El eterno Príncipe Carlos de Inglaterra denuncia los alimentos genéticamente modificados y afirma que la biotecnología "no ha aumentado el rendimiento de las siembras".


Ratas, genética y caníbales.
Ratas, genética y caníbales.

En los años 70 se prohibió el uso del insecticida DDT por tener ciertas propiedades cancerígenas. Casi había logrado eliminar en muchos países el mosquito de la malaria. Al insecticida se le atribuyen decenas de miles de muertes. Actualmente no se ha logrado aún un arma tan eficaz contra esta enfermedad. Las muertes se cuentan por millones. Pero en su mayoría son del tercer mundo, menos mal.

Somos 6.000.000.000 humanos bajo el cielo (algunos pocos sobre él). Y la cifra sigue subiendo. Desde que el mundo es mundo se han modificado las plantas y animales que nos comemos. Actualmente la genética logra que esto se haga más rápido. ¿Son buenos los productos modificados genéticamente? Creo que son menos malos que las muertes en masa por hambrunas. Pero claro, las hambrunas en su mayoría son cosas del tercer mundo, menos mal.

Me parece muy bien que se controle la tecnología genética, pero es inevitable si hemos de comer TODOS, todos los días y de forma razonable, sobre todo cuando nos acerquemos a los 10.000.000.000 humanos y luego los superemos. Los que se oponen a todas estas soluciones deberían aportar las suyas y demostrar que funcionan. La solución del Príncipe Carlos con sus cultivos ecológicos reduciría el rendimiento de los campos a la cuarta parte, eso sí, todo muy ecológico. Y el abono sería con estiércol. Resultado: todo el planeta lleno literalmente de mierda y hambriento en sus tres cuartas partes. Menos mal que así las hambrunas sólo serían para el tercer mundo. ¿O a lo mejor sólo comerían bien lo súper ricos? Los demás, a comer ratas. Cuando se acaben, ¿qué carne quedará? No lo sé, pero habrá muchos humanos, que al fin y al cabo también somos proteínas…

¡Que aproveche!


El gen de la maldad


Hace tiempo se decía que el inconsciente era un tirano y que determinaba todos nuestros actos, por lo que no podíamos ser libres. Durante muchos siglos se tomaba muy en serio el determinismo, una especie de fatalismo que razonaba que como el destino estaba escrito daba igual lo que intentaras hacer. Otras escuelas de pensamiento creen que al ser las personas el producto de las circunstancias, ambiente y entorno no tenemos elección: Al Capone podría ser Usted si hubiera nacido en sus mismas circunstancias.

Actualmente se escucha cada vez más el tema de los genes. Por ejemplo, alguien es un cabrón con pintas, un gilipollas, un medio tonto o un genio porque tiene un gen que le obliga a serlo. El caso más espectacular (por ahora) en España, es el de un violador reincidente. Su abogado y algún “científico” de medio pelo dicen que tiene un “medio gen” que le obliga a relacionarse con las mujeres como el hombre de las cavernas: garrotazo en el cogote y aquí te pillo, aquí te mato. Y yo voy y me lo creo, no te jode. Estos listos saben un rato de medios genes y de antropología prehistórica. En fin, para que extenderse, tal vez si ellos fueran las víctimas dirían otra cosa que les saldría de lo mas hondo de sus genes…

Y esto va en serio. En algunos países se atenúan o absuelven delitos basándose en el tema genético. Por esta lógica, Stalin y Hitler y tantos hideputas que en el mundo han sido, saldrían absueltos.

Algo habrá en los seres humanos de predisposición genética, tiranía del inconsciente, determinismo y circunstancias del entorno. Admito que a algunas personas les es mucho mas difícil que a otras no doblegarse a todos estos condicionantes. Pero de ahí a emplearlo como coartada para cualquier comportamiento, me parece un insulto a la Humanidad, a su inteligencia y sobre todo a quienes padecen sus salvajadas. Aunque tenían su puntito borde, creo que en la Antigüedad eran más responsables de sus actos. Con el tiempo tal vez vamos a peor. Seguro que será por los genes. El Diablo se esconde en el ADN, mal asunto.